Capítulo 67La maldición de Rambha

El ejército de Ravana acampó en el Kailasa después del anochecer. La montaña se alzaba bajo una luz más fresca que la de Lanka: árboles en flor, cursos de agua y el sonido de cantores del dominio de Vaishravana llegaban por el aire. La luz de la luna se reunía sobre la piedra y sobre el curso de la Mandakini. Ravana, que había llegado con la intención de hacer la guerra a los dioses, contempló esa belleza y dejó que el deseo se transformara una vez más en el derecho que él mismo se atribuía.

Rambha venía por el camino, una apsara, una mujer celestial de las cortes de los dioses. Iba hacia Nalakubara, el hijo de Vaishravana, a quien estaba prometida. Ravana la detuvo.

Rambha no ocultó ni su destino ni su negativa. Temblando, le pidió que la soltara y le explicó el parentesco que debía haber regido su conducta: Nalakubara era hijo de Vaishravana, el medio hermano mayor de Ravana. Según los términos que ella nombró, debía ser considerada nuera de Ravana. Su adorno era para Nalakubara. Su compromiso era con Nalakubara. Pidió a Ravana que no obstruyera una unión ya pactada.

Ravana desestimó el argumento. Dijo que semejante parentesco no podía obligarlo cuando se trataba de una mujer celestial, y luego, sin hacer caso a la súplica de Rambha, la agredió.

Cuando Rambha fue liberada, fue hacia Nalakubara, conmovida y perturbada, con las guirnaldas y los adornos alterados. Cayó a sus pies. Él le preguntó qué había sucedido, y ella se lo contó: Ravana la había detenido, había oído que ella nombraba el parentesco y su negativa, y había empleado la fuerza a pesar de ambas cosas.

Nalakubara escuchó con ira. Tomó agua según el rito y pronunció una maldición contra Ravana. Porque Ravana se había impuesto sobre Rambha contra su voluntad, declaró Nalakubara, si alguna vez volvía a acercarse a una mujer que no lo deseaba, movido por el deseo, la cabeza se le partiría en siete pedazos.

Los dioses se alegraron por la sentencia; Ravana, al enterarse, quedó conmovido. Desde entonces no volvió a acercarse sexualmente a mujeres que no lo desearan.

Esa condición no deshizo lo que le había ocurrido a Rambha. No volvió inofensivo el cautiverio, ni más adelante libró a Sita de la coerción, las amenazas o la pretensión resuelta de Ravana sobre ella. Estableció un límite a una sola forma de su violencia, impuesto solo después de que Rambha hubiera hablado y Nalakubara hubiera respondido.

En la corte de Rama, la retrospectiva de Agastya no confundió ese límite con una virtud. El relato mantuvo a la vista el testimonio de Rambha: un poder que había avanzado sin freno por muchos reinos se había topado con una consecuencia que no podía ni vencer ni transformar en elogio.